« Pensaba que estaban como nuevas »: por qué unas zapatillas guardadas años en su caja pueden desmigajarse al primer paso

Abres la caja de esas zapatillas que llevabas guardando para una ocasión especial, las tocas y se deshacen entre los dedos como si fueran de arena compactada. No es una pesadilla ni un fallo puntual de fabricación: es química pura, y tiene un nombre que pocos conocen hasta que les pasa. Se llama hidrólisis, y explica por qué un calzado que «parecía nuevo» puede convertirse en polvo al primer paso.

Lo esencial

  • Una reacción química silenciosa ocurre dentro de tus zapatillas desde el momento en que se fabrican
  • El reposo prolongado acelera la degradación, no la detiene como la mayoría creería
  • El almacenamiento hermético y la humedad son los aliados secretos de la destrucción

El enemigo invisible que vive dentro de la suela

La mayoría de las suelas y entresuelas modernas están fabricadas con poliuretano (PU), un material ligero, flexible y perfecto para amortiguar el impacto. El problema es que ese mismo material tiene una fecha de caducidad silenciosa. La hidrólisis es la descomposición química del polímero de PU y la ruptura física resultante o el desmoronamiento de la suela de PU por el ataque del agua, generalmente en forma de vapor, que ocurre durante un período de varios años, incluso cuando los zapatos están almacenados. Dicho de forma menos técnica: las moléculas de agua del propio aire se cuelan en la estructura del poliuretano y van rompiendo, poco a poco, los enlaces que mantienen el material unido.

El proceso no espera a que las zapatillas salgan de la caja. Si alguna vez has sacado un par de zapatos viejos sin usar y has encontrado las suelas desmoronándose, la hidrólisis es probablemente la culpable, ya que la reacción empieza en el momento en que se fabrican y continúa durante el almacenamiento. Así que ese «estado impecable» que ves a simple vista puede estar escondiendo un desastre en marcha por dentro, capa a capa, sin dar ninguna señal hasta que ya es demasiado tarde.

La paradoja: guardarlas «para cuidarlas» es justo lo que las destruye

Aquí viene la parte que más sorprende a quien colecciona zapatillas o guarda un calzado especial para estrenos puntuales. Uno pensaría que el uso desgasta y el reposo conserva. Con el poliuretano ocurre justo lo contrario. Flexionar moderadamente el material empuja la humedad fuera de los huecos del poliuretano, razón por la cual los pares que permanecen sin tocar durante años suelen ser los primeros en desmoronarse. El movimiento actúa como una especie de purga natural que expulsa el vapor de agua acumulado; sin él, la humedad queda atrapada dentro de la espuma y acelera la reacción química desde el interior.

El almacenamiento también pesa, y mucho. Este proceso se acelera con el calor y la humedad alta, por lo que sucederá más rápido en climas tropicales, pero también en espacios reducidos como armarios o taquillas si el calzado se guarda húmedo. Un armario cerrado, una caja de zapatos sellada, un trastero sin ventilación en pleno agosto español: todo eso es, sin saberlo, el escenario perfecto para que la hidrólisis avance sin oposición. Incluso guardar el par dentro de una bolsa de plástico, pensando que así se protege del polvo, puede jugar en contra, porque sellar los pares en bolsas de plástico atrapa esa misma humedad y acelera la hidrólisis.

Y no, no hace falta que la zapatilla tenga diez años para que pase. La hidrólisis no solo afecta a las zapatillas viejas: puede destrozar pares que nunca han pisado la calle pero que han estado guardados en una caja durante años. El tiempo exacto varía muchísimo según el material, el clima y cómo se ha guardado la pieza. Se suele hablar de unos diez años en climas secos como el estadounidense, mientras que en ambientes húmedos, como el japonés, ronda entre cinco y siete años; hay casos en los que ni siquiera llega a los cinco, y otros que aguantan hasta ocho sin cuidados especiales. En España, con la humedad de la costa mediterránea o del norte, conviene no fiarse de las cifras optimistas.

Cómo saber si tu par está en riesgo y qué hacer al respecto

Los síntomas suelen ser reconocibles antes de que todo se venga abajo del todo. La suela se agrieta al doblarla, se vuelve pegajosa al tacto o directamente se despega de la parte superior. La suela se desmorona al tocarla, se despega por completo o el forro se vuelve pegajoso, son las señales típicas de que el poliuretano ya ha empezado a fallar. Si detectas alguna de estas pistas, lo honesto es asumir que ese par ya no es de fiar para caminar largas distancias, por muy bonito que siga estando en la caja.

La buena noticia es que hay formas sencillas de ralentizar el proceso, aunque nunca de detenerlo del todo (el reloj empieza a correr desde el momento en que la suela sale de fábrica). Conviene evitar la humedad y el calor extremo en el lugar de almacenamiento, optar por cajas o zapateros que dejen circular el aire en lugar de bolsas selladas, y sobre todo, sacar las zapatillas de vez en cuando y usarlas un rato, aunque sea para dar un paseo corto. Rotar el uso al menos un par de veces al mes ayuda a ventilar el material y evita el estancamiento de humedad. Para quienes guardan piezas de valor o ediciones limitadas, meter una bolsita de gel de sílice en la caja tampoco está de más, ya que ayuda a absorber la humedad ambiente antes de que llegue al material.

Lo que sí conviene desterrar es la idea de que un zapato «sin estrenar» es sinónimo de un zapato «como nuevo». La próxima vez que decidas guardar unas zapatillas especiales durante meses o años esperando el momento perfecto para lucirlas, quizás merezca la pena preguntarse si ese momento no debería ser, sencillamente, ahora.