Mi abuelo frotaba siempre la suela de sus zapatos nuevos contra el escalón del portal, y no era para quitar la etiqueta

Mi abuelo tenía un ritual que de niña me parecía absurdo. Cada vez que llegaba a casa con zapatos nuevos, antes de subir al piso, se paraba en el portal y frotaba la suela contra el borde del escalón. Adelante, atrás, con una insistencia casi ceremonial. Yo pensaba que era para despegar esa etiqueta adhesiva que llevan algunos modelos. Me equivocaba por completo: lo que hacía mi abuelo era, sin saberlo con términos técnicos, aplicar física de materiales a pie de calle.

La explicación es sencilla y tiene que ver con algo que casi nadie piensa al comprar zapatos: la suela. La suela nueva de cualquier zapato tiende a resbalar porque estarán lisas. Ese acabado impecable que tanto nos gusta en el escaparate es, paradójicamente, el mismo que te puede tirar al suelo en el primer paso sobre un suelo pulido o mojado. Las marcas no fabrican calzado pensando en la fricción del primer día, sino en la estética del envoltorio. El resultado es que sales de la tienda con un objeto bonito y potencialmente traicionero bajo los pies.

Lo esencial

  • Las suelas nuevas resbalan porque salen de fábrica demasiado lisas, y tu abuelo lo sabía sin términos técnicos
  • Frotar contra el escalón genera microrrayas que rompen esa lisura peligrosa: es física de materiales a pie de calle
  • Lo que era una costumbre familiar invisible ahora es contenido viral, pero la solución sigue siendo la misma desde hace décadas

La ciencia detrás del gesto de la abuela (y del abuelo)

Lo que mi abuelo hacía instintivamente en aquel escalón tiene un nombre técnico que ningún vecino del portal conocía: generar rugosidad de contacto. Cualquier superficie lisa, ya sea piedra, cerámica o goma nueva, ofrece menos puntos de agarre que una superficie irregular. Cuando un zapato resbala es porque tiene la suela muy lisa. Si se trata de una suela de goma es porque se ha desgastado mucho y, si se trata de una suela de un zapato de vestir, es porque está demasiado nueva. Frotar la suela contra un canto duro, como el escalón de un portal español de los de siempre, con su piedra o su terrazo desgastado por generaciones de vecinos, cumple exactamente la misma función que hoy recomiendan como truco viral en redes: crear microrrayas que rompan esa lisura peligrosa.

De hecho, los consejos que ahora circulan en TikTok bajo la etiqueta de «trucos de la abuela» son prácticamente un calco de lo que hacían nuestros mayores sin necesidad de cámara ni algoritmo. Puedes frotar en dos direcciones distintas para conseguir una superficie aún más antideslizante, teniendo cuidado de no lijar ninguna parte visible del zapato ni de desgastar la suela demasiado. El escalón del portal, en ese sentido, era el papel de lija improvisado de toda una generación que no se planteaba comprar productos específicos para algo que se solucionaba con la piedra de la entrada.

Del escalón a la lija: el mismo instinto, distintas herramientas

Lo curioso es que la sabiduría popular en torno a las suelas nuevas ha generado todo un catálogo de soluciones caseras que, con matices, persiguen lo mismo. Están quienes recurren a una lima de uñas, porque, como explican varios medios de consumo, si tus zapatos son nuevos o tienen la suela lisa y sin dibujos, limar la suela funciona porque al hacerlo se forma porosidad o finas ranuras que impiden que el zapato resbale. Otros prefieren el remedio de toda la vida con una patata cortada por la mitad, ya que solo hay que frotarla por la suela del zapato, esperar un par de horas, y el almidón de la patata crea una capa antideslizante que permite caminar con más seguridad. Y luego está el papel de lija propiamente dicho, la versión moderna y más agresiva del escalón de mi abuelo, que se usa frotándolo sobre la superficie de las suelas hasta que se crea un buen agarre.

Cada generación ha tenido su método, pero el objetivo nunca ha cambiado: romper esa perfección resbaladiza del estreno. Lo que a mí me parecía una manía de abuelo cascarrabias era, en realidad, prevención pura. Nada de superstición, nada de rituales sin sentido. Simple ingeniería de bolsillo aplicada por alguien que había aprendido a base de golpes, literalmente, que un zapato nuevo en un suelo de mármol es una encerada invitación al ridículo o, peor, a una caída de las que duelen de verdad.

Por qué esta sabiduría de portal sigue vigente en 2026

Vivimos rodeados de spray antideslizante, plantillas técnicas y suelas con patentes que prometen agarre absoluto. Y sin embargo, el truco del escalón sigue funcionando igual de bien que hace décadas, quizá porque ataca el problema en su raíz sin necesidad de comprar nada. Las suelas siguen siendo lisas de fábrica, los pavimentos de nuestras ciudades siguen siendo traicioneros cuando llueve, y la física no ha cambiado un ápice desde que mi abuelo bajaba las escaleras con sus zapatos de domingo.

Lo que sí ha cambiado es la percepción de estos gestos. Antes eran manías familiares, cosas que hacían «los mayores» y que las nuevas generaciones mirábamos con cierta condescendencia. Ahora, con la fiebre por lo vintage, por lo hecho a mano, por lo que no necesita packaging ni influencer que lo valide, ese mismo gesto se ha convertido en contenido, en truco compartido, en sabiduría rescatada. Hay algo bonito en descubrir que aquello que nos parecía excéntrico tenía, en realidad, todo el sentido del mundo.

Así que la próxima vez que estrenes unos zapatos y notes que la suela patina más de lo que debería, no hace falta correr a la tienda a comprar un producto milagroso. Puede que baste con encontrar tu propio escalón, ese trozo de acera rugosa o ese bordillo de piedra vieja, y dedicarle unos segundos de fricción bien pensada. ¿Cuántos otros gestos de nuestros abuelos, que dábamos por costumbres sin más, esconden en realidad una lección práctica que todavía no hemos sabido leer?