Cigarrillo

a Cristina Fernández Cubas

Gabriela y Cigarrillo, Gabriela y Cigarrillo… te repites una y otra vez como una cantinela. No puedes pensar en otra cosa. Y te duele.

Tampoco hoy has podido salir a pasear, a ventilarte un poco. No te han dejado abandonar el Centro; como en los últimos tres meses, por la epidemia. Eso dicen, aunque tú ya sabes que la razón es otra. Habrías caminado tu ruta por el barrio, la de siempre, la que a ti te gusta. Has intentado escaparte, pero todas las salidas están bien vigiladas. Ahora te encuentras de nuevo en la habitación. Hoy te sientes algo mejor. Hurgas impaciente en el bolsillo de la chaqueta antes de quitártela, coges el tabaco, el papel de liar y el mechero y te diriges a la ventana. Cae una lluvia fina. Te tienen cautivo en uno de esos edificios modernos con grandes ventanales. Lías con destreza un cigarrillo y le prendes fuego. Das una larga calada y la punta encendida, como un capullo rojo, se refleja en el cristal. También te ves a ti mismo, siempre con ese gesto estoico, como si estuvieras pasmado. Una estatua egipcia, ¡eso es!, pareces una estatua egipcia, hierático, con esa frente tan ancha y la cara ovalada… Te balanceas sobre los pies, ¡qué manía!, levantándolos ligeramente, ahora uno y luego el otro, como si quisieras apaciguar una inquietud perpetua. Miras a la calle, ahora solitaria. Aunque todavía son las siete de la tarde, ya ha oscurecido. Y de pronto la ves; a Gabriela. Ahí está, al otro lado de la calle, sola en la parada del bus, refugiada en la marquesina iluminada, como si estuviera expuesta en una vitrina.

Esa chica tiene algo… es tan dulce… su sonrisa angelical de quinceañera, aunque ya tiene veinticinco. Sí, Gabriela es la cuidadora más simpática del centro, para ti es alguien especial. La única que te entiende. Por eso no puedes perdonarle a Cigarrillo lo que le hizo el otro día. Cigarrillo es tu amigo… mejor dicho, era. Ya no le hablas desde el incidente con Gabriela. Eso no se le hace a una chica. Ya no quieres saber nada de él, como si no existiera. Sentiste un dolor inmenso… la quieres. Ya se lo dijiste el otro día a la que tú ya sabes. Te recibió en su despacho después del incidente: Cuéntame qué ha pasado, te sondeó con una dulzura impostada.

Ahí empezó todo.

Le contaste que andabas como siempre con Cigarrillo, que lo viste todo. Éramos inseparables, ¿sabe? Pero eso se ha acabado, respondiste. 

Le pediste permiso para liar un pitillo. Claro, contestó Ella con una sonrisa que luego le quedó helada. 

Notaste la boca seca, sería la medicación, pero también los nervios. La que tú ya sabes te alcanzó un cenicero que encontró debajo de la montaña de dossiers de esos que trajinan todos los psicólogos. Luego se recostó en el sillón de oficina acolchado, con sus aires de suficiencia, escrutándote. La sala tenía una luz difusa, tenue y que olía a espacios muertos. Oíste la lejana sordina de la megafonía que avisaba para la cena. El humo del cigarrillo formaba volutas en el aire quieto y asfixiante de la estancia. Entonces tu mente volvió a los hechos de dos días atrás y se concentró en el largo y solitario pasillo del Centro. Vuelves a vivirlo. Oyes el zumbido de los fluorescentes. Avanzas por el largo corredor. Ves a Gabriela al fondo que entra en el baño, y a Cigarrillo que va tras ella. No hay nadie más que vosotros tres. Entonces, pasa. Es terrible. 

Sollozaste delante de la que tú ya sabes al rememorarlo. La directora permanecía impertérrita, la ceja derecha apenas enarcada, y dijo: Tranquilízate, Florencio, y dime; ¿qué hiciste tú entonces?; y le contestaste: Entré en el baño y…

Justo al decir eso tu mente sintió un latigazo, como si una luz iluminara de repente el interior de tu cerebro… No, no puede ser. La que tú ya sabes insinuaba que el agresor habías sido tú y no Cigarrillo. ¿Era eso? Sí, eso era. Te incorporaste en la silla, con los ojos bien abiertos de pánico, y balbuceaste: ¡Un momento! Insinúa que… Y Ella no contestó. Entonces exclamaste: ¡No, no! ¡No era yo! ¡Era Cigarrillo!, ¡yo lo vi todo!, y arrugaste impotente el paquete de tabaco con la mano izquierda.

Te pusiste a temblar, la que tú ya sabes se levantó y vino a situarse detrás de ti. Notaste sus manos frías en los hombros. Tranquilo, Florencio, tranquilo. Estamos aquí para ayudarte, dijo con voz aflautada. Ya me la conozco… su cinismo, te dijiste. Cigarrillo no existe, Florencio, aseguró. ¡Claro que existe!, gemiste. Cigarrillo, Florencio y tú sois todos la misma persona, ¡acéptalo de una vez!, susurró acercando su boca a tu oído.

Te sobresaltaste. ¿Quién soy?, te preguntaste confundido, desasosegado. Por un momento dudaste. Hiciste un esfuerzo por sobreponerte a tu mente pastosa y, de repente, viste con claridad que eras Cigarrillo y Florencio Surgencia un producto de tu imaginación. Pero enseguida caíste en la cuenta de que no, ¡de ninguna manera!, de que Ella te estaba engañando. Te vinieron al pensamiento los sórdidos centros de internamiento como los que habías leído en las novelas sobre el gulag. Eso es; te estaban lavando el cerebro. No podías gritar socorro, nadie vendría a ayudarte. Estabas solo. Y justo en el momento en que percibías eso con claridad, la que tú ya sabes, fría como un témpano, con su condescendencia habitual sugirió: ¿No serías tú el único que estaba con Gabriela ese día?… piénsalo, y la muy malvada enarcó de nuevo la ceja del ojo derecho.

Al salir del despacho de la directora, te dirigiste perplejo y preocupado al comedor donde los internos ya estaban cenando. Intentaste recuperar la compostura, centrarte de nuevo, sosegarte. Cogiste la bandeja, pusiste platos y cubiertos encima y la deslizaste por la barra metálica del self-service: ¿Qué te pongo, Cigarrillo?, inquiría Manuela, con una risita burlona. Miraste a un lado y a otro, pero no viste a Cigarrillo por ningún sitio. ¿Qué broma es esta, Manuela?, ¿de qué vas? Te alarmaste; algo te hizo presentir que todos se estaban conchabando contra ti. Me llamo Florencio, me oyes; Florencio Surgencia, dijiste. ¡Venga, Florencio, claro que sí! No te lo tomes a mal, y Manuela te guiñó el ojo, la muy zalamera.

Fuiste a sentarte a la mesa, en el mismo lugar de siempre, junto a la ventana y frente a Joaquín Coronas, el compañero de cada día. ¡Buah!, la sopa está fría, te lamentaste. ¡Y hay apenas dos fideos nadando en el aguachirle!, protestó Joaquín, mirándose la sopa con sus ojos de miope y la napia casi sumergida: ¡Aquí nos matarán de hambre, Cigarrillo!, si no, al tiempo… Diste un respingo en la silla. Ahora ya lo tenías claro. Era una confabulación. Te levantaste, tan alto y espigado como eras, con los hombros estrechos y ligeramente encorvados. Miraste a Joaquín Coronas con perplejidad y espanto. Otro tanto le ocurrió a Coronas que, amilanado, te miraba de abajo arriba: ¿Qué te pasa, Cigarrillo?, balbuceó: ¿A dónde vas? Y gritaste: ¡Soy Florencio! ¡Florencio Surgencia! ¡A ver si os enteráis! 

Entonces, todos los internos levantaron la cabeza con un ruido de cubiertos y te observaron con una risa sardónica. Se hizo un silencio incómodo en la sala. La escena parecía congelada. En aquel momento lo entendiste todo, era una broma macabra, una pesadilla, pensabas que despertarías en cualquier momento. Pero, no: era real… y te estaban torturando. Te mantenían confinado en un centro… ¿o deberías decir secuestrado? 

Vuelves a mirar a través de la ventana. Gabriela sigue allí, borrosa tras la marquesina de la parada de bus. Apagas el cigarrillo. Sigue lloviendo. Ella te entiende y no te engaña. Mañana hablarás con ella. Es la única que puede sacarte de aquí. Ten paciencia, serénate, pronto todo habrá terminado.

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Paco Marfull

Editor y escritor, licenciado en filosofía por la Universidad de Barcelona. He ejercido durante los últimos 30 años en todas las tareas relacionadas con el mundo de la edición. Mi principal logro profesional es la creación de una editorial especializada en contenidos de gastronomía (que ha sido una de mis pasiones), desarrollando libros, revistas y contenidos web que han merecido el máximo reconocimiento y prestigio a nivel internacional. Mis aficiones e intereses se centran en el mundo de la cultura: me apasiona la literatura, la historia, el cine y el mundo del arte. Me interesa también la poesía, que leo con fruición, y también compongo. He viajado mucho y he dedicado un tiempo a estudiar y escribir sobre estos viajes. Podéis encontrarme en mi blog

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