Octubre ya huele a abrigo. Toca despedirse de los linos, las camisetas de tirantes y los vestidos de flores, y hacerlo bien: lavar todo antes de guardarlo, elegir la funda según el tejido y blindar el armario contra las polillas. Hacerlo mal significa abrir la caja en mayo y encontrarse manchas amarillentas y agujeros.
Las prisas del cambio de armario son el enemigo.
- Lavar antes de guardar evita manchas amarillas que aparecen meses después.
- Las fundas de plástico herméticas retienen la humedad y dañan las fibras naturales.
- Las polillas atacan sobre todo fibras de origen animal y restos de sudor o comida.
Lavar antes de guardar, aunque la prenda «parezca limpia»
La regla de oro es que nada entra limpio solo a la vista. El sudor, los restos de crema solar y el desodorante se oxidan con el tiempo y dejan esas manchas amarillas que aparecen meses después, cuando ya no hay remedio. Las polillas, además, se sienten atraídas por los restos orgánicos, de modo que una camiseta usada una sola tarde es un buffet para sus larvas.
Lava cada prenda según su etiqueta, con el programa que corresponda, y sécala por completo. La humedad atrapada es la receta del moho, y ese olor a cerrado que se queda en el algodón cuesta de quitar. Si una prenda es delicada (seda, lana fina, un vestido con forro), la tintorería o un lavado a mano con detergente específico te ahorran disgustos.
Evita el suavizante en exceso: puede dejar residuos que atraen suciedad.
Plancha o vaporiza solo si la prenda lo necesita, porque guardarla arrugada no la daña, pero sí conviene que esté perfectamente seca y fría antes de plegarla. Un detalle que casi nadie hace: revisa bolsillos, botones y cremalleras. Un pañuelo olvidado o una mancha en el forro del bolsillo pueden arruinar toda la temporada siguiente.
Fundas y cajas: cada tejido pide lo suyo
Aquí está el error más común. Meter todo en bolsas de plástico herméticas parece lo lógico y suele ser lo peor para muchas prendas. El plástico cerrado impide que la fibra transpire y, si queda algo de humedad, la retiene. Para el algodón, el lino y las fibras naturales conviene mejor la tela: fundas de algodón, cajas de cartón sin ácido o bolsas de tejido transpirable.
El lino y el algodón aguantan bien el plegado, siempre que no los aprietes como si cerraras una maleta. Las prendas con estructura o caída, como vestidos de gasa, blazers ligeros o piezas de seda, mejor colgadas en percha acolchada y con funda transpirable, para no marcar dobleces que luego cuesta eliminar. Los punto fino y los jerséis de verano de hilo se pliegan; colgarlos los deforma por el peso.
El calzado y los complementos también cuentan. Las sandalias de cuero agradecen una bolsa de tela y un poco de papel sin tinta dentro para mantener la forma. Los bolsos de paja o rafia, ese clásico que nunca falta en el verano español, necesitan espacio, nada de aplastarlos bajo una pila de jerséis.
Los bañadores y la ropa técnica, bien aclarados y secos, van aparte.
Una caja bien etiquetada vale por diez bolsas sin identificar. Cuando llegue la primavera, agradecerás saber qué hay dentro sin vaciarlo todo en la cama.
Polillas: la guerra se gana antes de que empiece
La idea de que las polillas atacan el algodón es más bien un mito a medias. Su comida preferida son las fibras de origen animal, como la lana, el cachemir o la seda, aunque también pueden dañar mezclas y prendas con restos de sudor o comida. Si en tu fondo de armario veraniego hay alguna pieza de lana ligera o de mezcla, tenla en cuenta.
La prevención empieza por la limpieza del propio armario. Aspira rincones, estantes y juntas, pasa un paño ligeramente humedecido y deja que se seque del todo antes de colocar nada. Las larvas buscan lugares oscuros, quietos y con restos de pelusa; quítales el hotel.
Los repelentes naturales, como el cedro, la lavanda o los saquitos de hierbas, ayudan a disuadir, aunque conviene verlos como un refuerzo y no como una garantía. El aroma se debilita con el tiempo, así que renueva los saquitos o lija ligeramente la madera de cedro cada temporada. Si prefieres productos antipolillas comerciales, sigue las indicaciones del fabricante y no los dejes en contacto directo con la ropa.
Una vez al mes, abre el armario y echa un vistazo.
Si encuentras pequeñas mariposas beige, hilos sueltos o agujeritos, actúa rápido: saca las prendas afectadas, lávalas a la temperatura que permita su etiqueta o llévalas a la tintorería, y limpia a fondo el armario. Un tip que se maneja mucho entre quienes cuidan prendas delicadas es el congelador para piezas pequeñas, pero comprueba antes que el tejido lo tolere.
Un armario que respira es un armario que dura
Ventilar es la parte olvidada. Deja las puertas abiertas un rato cuando haga buen día y evita pegar la ropa a las paredes, sobre todo en pisos con humedad, algo frecuente en zonas de costa o plantas bajas. Un deshumidificador pequeño o bolsas absorbentes pueden echar una mano si el ambiente es húmedo.
Y ya que estás, aprovecha para hacer una criba honesta. Esa camiseta que no te pusiste ni una vez este verano, ¿de verdad merece una caja y seis meses de espacio? Guardar con cabeza también es decidir qué se queda, y quizá lo que sobra encuentre una segunda vida en una tienda de segunda mano o en una donación.
El armario del próximo verano se prepara hoy, aunque el sol de agosto parezca lejísimos.