Cuarenta grados en la calle, asfalto que abrasa y unas sandalias que acaban de salir de la caja. El escenario perfecto para ir estupenda. O eso creía. Porque hay una verdad que la industria de la moda no suele contar demasiado bien: lo que llevas en los pies durante los meses de calor puede estar construyendo un problema silencioso, vértebra a vértebra, tendón a tendón, verano tras verano.
Lo esencial
- Las sandalias de moda sin sujeción provocan un aumento del 30% en consultas de podología entre junio y septiembre
- El daño no llega de golpe: la fascitis plantar se desarrolla silenciosamente durante años antes de manifestarse
- La mala alineación de los pies desencadena una cadena de tensión que termina causando dolor de espalda
La trampa de la sandalia «de moda»
Las tendencias de verano 2026 son claras: la sandalia plana tiene aún mucho por ofrecer, y esta temporada se vuelven más anchas, adornadas con hebillas imponentes y presentadas en cuero crudo o ante. Bonitas. Muy bonitas. El problema no es el diseño, sino lo que se esconde (o no se esconde) debajo: una suela de apenas unos milímetros, cero sujeción en el talón y una pala que, si el modelo es de los más minimalistas, apenas roza el empeine.
La moda y las tendencias son las culpables de que sobre todo la gente joven se compre zapatos no recomendados por podólogos, fisioterapeutas o traumatólogos: sandalias sin sujeción, con plataformas rectas, tacones muy altos o sandalias muy planas y rígidas. No es un juicio moral sobre la estética, es una cuestión biomecánica. El pie humano no fue diseñado para pasar horas sobre una lámina de goma sin ningún apoyo lateral.
Lo más curioso, y lo que nadie te cuenta en la tienda, es que el daño no llega de golpe. Llega despacio. Además de los problemas casi inmediatos que provoca el abuso de este tipo de calzado, también ocasionan lesiones a largo plazo, es decir, años después. Así que cuando por fin aparece el dolor, ya llevas temporadas acumulando el problema.
Lo que el podólogo ve que tú no ves
Las chanclas y las sandalias provocan en verano un incremento del 30% en las consultas de podología: entre junio y septiembre, las visitas a este especialista aumentan entre un 20% y un 30% en comparación con el resto del año, según la presidenta del Consejo General de Colegios Oficiales de Podólogos de España. Un dato que debería hacernos reflexionar. No es que de repente todo el mundo tenga hongos o uñas encarnadas. Es que el cambio brusco de calzado activa dolencias que ya estaban latentes.
Las talalgias y la fascitis plantar, junto a rozaduras y laceraciones, son algunas de las dolencias más comunes que aparecen al cambiar el tipo de calzado: se pasa de usar un zapato cerrado que sujeta bien el empeine y el talón, habitualmente con suelas gruesas, a unas sandalias con menor agarre, suela más fina y, en muchas ocasiones, sin sujeciones adecuadas.
La fascitis plantar merece un párrafo propio. Se produce cuando se inflama la fascia plantar, el tejido fibroso que tenemos en la planta del pie, cuyas funciones principales son la estabilización de todo el mecanismo articular plantar, aportando fuerza, equilibrio y amortiguación, uniendo el calcáneo (talón) con la zona metatarsal (dedos del pie). Cuando empieza a inflamarse, se manifiesta como dolor intenso en el talón, especialmente al dar los primeros pasos por la mañana. Esa sensación de clavo al levantarte de la cama. Exacto. Esa.
El podólogo Javier Navarro González-Moncayo lo tiene claro: «calzados como las sandalias o las manoletinas muy planas pueden empeorar esta patología.» Y lo más revelador: los pacientes que no habían recibido tratamiento previo presentaban un mayor engrosamiento de la fascia, lo que sugiere que la ausencia de tratamiento puede favorecer cambios estructurales más marcados, apoyando la importancia del diagnóstico y la intervención precoz.
Hay otro efecto que pocos relacionan con las sandalias: el dolor de espalda. La falta de sujeción puede provocar dolor en el talón y la planta del pie, así como fatiga en pies y piernas por una sobrecarga en tendones y músculos. Y esa cadena de tensión sube. La mala alineación corporal puede causar dolores articulares y de espalda. Lo que empieza en los pies termina en los riñones, literalmente.
El error que cometemos cada año sin saberlo
Entre los errores más comunes al cambiar de zapatos cerrados a sandalias está elegir sandalias solo por estética, sin tener en cuenta el tipo de soporte que ofrecen. Pero hay uno más sutil que casi nadie tiene en cuenta: con el calor, el pie tiende a dilatarse, lo que convierte una talla que te iba bien en marzo en un pequeño instrumento de tortura en agosto. Si se elige una talla pequeña, los talones no apoyan correctamente en la base y se producen durezas y lesiones.
Los podólogos insisten en evitar pasar del calzado cerrado a las sandalias directamente, y también en no usar calzado excesivamente plano para que no se cargue la fascia plantar. Una transición progresiva que nadie hace porque en la primera semana de calor, directamente, se sacan las sandalias del fondo del armario y se estrenan ocho horas seguidas pateando la ciudad.
La piel suele estar más seca tras el invierno, lo que aumenta la sensibilidad y la probabilidad de lesiones, explica la podóloga Esther Moreno. Y ahí está el otro frente: la piel. Antes del verano y de empezar a usar sandalias de forma habitual se debería hacer una preparación previa, aunque lo ideal es cuidar los pies durante todo el año, hidratando la piel y acudiendo regularmente al podólogo para retirar los callos o durezas. Pero como la mayoría solo visita al podólogo cuando ya duele algo, la rueda se repite año tras año.
Qué buscar (más allá de que sean bonitas)
No se trata de renunciar al estilo. Se trata de entender qué hace que una sandalia sea buena más allá de su foto en Instagram. Las sandalias que de verdad solucionan el verano son las cómodas, bonitas y en tendencia que permiten caminar durante horas sin acabar pensando en volver a casa descalza: las que combinan sujeción, una suela confortable, materiales agradables y ese punto de estilo.
Las sandalias tipo trekking o deportivas, que este verano han ganado mucho terreno en el street style, son un buen ejemplo de cómo la moda y la función pueden convivir. Se caracterizan por detalles funcionales como suelas anatómicas, cierres de velcro y estructuras robustas, pero se refinan con colores neutros y acabados más elegantes. Ese equilibrio es exactamente lo que hay que buscar.
Las sandalias con correas ajustables permiten adaptarlas al contorno del pie, lo que reduce el riesgo de rozaduras y molestias. Y si tienes historial de fascitis o pie plano, una suela acolchada y con buen soporte de arco es fundamental para evitar fatiga, especialmente si vas a caminar por largos periodos; conviene evitar suelas extremadamente rígidas o demasiado delgadas.
Una última cosa que cambia bastante la ecuación: al menos una vez al año conviene ir al podólogo para revisar los pies. No como visita de urgencia cuando ya no puedes ni apoyar, sino como revisión de mantenimiento. Como llevas el coche a la ITV. Porque no debemos normalizar el dolor ni pensar que es solo por el calor.
La moda de sandalias minimalistas, sin tiras, sin sujeción, con suelas de papel, va a seguir ahí. Las tendencias son lo que son. La pregunta real es cuántos veranos más le vas a regalar a tu fascia plantar antes de que decida pasarte factura.
Sources : hola.com | elconfidencialdigital.com